Cuando la gente habla de costumbrismo colombiano, todavía se imagina lo clásico: el señor con ruana y sombrero vueltiao mirando al horizonte, la abuela volteando arepas en el fogón de leña o alguna escena del siglo XIX que parece sacada de un libro de historia para no tocarla nunca. Como si las costumbres fueran algo que hay que congelar en formol para que no se dañen.

Pero la verdad es que la costumbre no es un cuadro muerto colgado en la pared. Es movimiento, es repetición diaria, es cambio constante. Es esa vaina que se reescribe todos los días sin pedir permiso. Mi trabajo en pixel art parte exactamente de ahí; no quiero copiar la realidad como si fuera una foto del celular en modo retrato. Lo que hago es reducirla a su mínima expresión, casi como si tuviera que comprimirla en un icono.

Al trabajar con tan pocos píxeles, me toca decidir qué es realmente importante. ¿Qué hace que un objeto siga siendo reconocible aunque le quite el 80% de los detalles? Esa decisión tan terca es, en el fondo, una edición constante de la realidad. Y ahí es donde aparece la magia (o el chiste); lo que queda es tan esencial que obliga al que mira a poner de su parte.

Esta propuesta podría sonar a minimalismo, pero no es ese minimalismo frío de apartamento blanco sin nada. Es un minimalismo con memoria, con sabor a casa de la abuela y olor a café recién colado. Cada píxel tiene su peso. No describe todo, solo sugiere lo suficiente para que tú, el espectador, completes la imagen con tus propios recuerdos. Y ahí, casi sin querer, surge la nostalgia. No como un llanto dramático, sino como un “¡ay, esto me suena!” que te agarra de sorpresa.

Los elementos que uso son de lo más cotidiano y “a la mano”; un jabón Rey, un paquete de galletas limoncitas, una gaseosa Postobón, un bus de TransMilenio medio viejo, una changua o un plato de bandeja paisa simplificada. Cosas que todos hemos tenido en la nevera o en la mesa mil veces. Pero cuando los obligo a existir en píxel, dejan de ser obvios. Se convierten en detonantes. Un simple jabón ya no es solo jabón: puede ser la infancia en el patio lavando la ropa con la mamá, la rutina de todos los días o incluso una historia más complicada de escasez o limpieza obsesiva.

Y esa es la clave: lo que estas imágenes activan no es universal. Una misma representación puede generar lecturas totalmente distintas según quién la mire. El píxel no te impone una historia cerrada, sino que deja huecos, bordes sueltos y zonas ambiguas. Es un lenguaje incompleto a propósito. Su fuerza está precisamente en lo que falta, porque ahí es donde entras tú con tu propia experiencia colombiana (o la que sea).



Además, hay una relación bonita y medio irónica con lo kitsch y la estética popular. Muchos de estos objetos vienen de entornos que están sobrecargados de color, de publicidad barata y de mal gusto asumido. No pretenden ser refinados, y justamente por eso conectan tan fuerte con la vida real. Al traducirlos al pixel, se simplifican, se contraen, pero no pierden su alma. Se vuelven capaces de vivir en nuevos contextos (una galería, una pantalla, un meme) sin soltar nunca la raíz de donde salieron.
Es en este punto donde el costumbrismo se pone interesante y se transforma de verdad. Ya no se trata de representar “lo típico” como en los cuadros antiguos. Se trata de reinterpretarlo a través de lo digital, lo fragmentado y lo low-res. La identidad colombiana ya no es una foto fija, sino una suma de miradas, de recuerdos y de cómo cada quien completa los píxeles que faltan.
Al final, elegir lo cotidiano como materia prima y procesarlo con un lenguaje tan limitado es una forma de conectar con cómo percibimos el mundo hoy; píxel por píxel, recuerdo por recuerdo, chiste por chiste. Porque la costumbre no se conserva en un museo… se sigue remixando todos los días, aunque sea en baja resolución.


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